Las Herederas (2018): Cine que atraviesa el cuerpo




Chela, hundida en la humillación de haber caído en la bancarrota, observa a través de la puerta entreabierta cómo señoras de clase alta compran sus copas, cubiertos, mesas, cuadros y objetos de alto valor, vestigios de la vida que alguna vez tuvo. Así empieza Las Herederas.
Chiquita, su pareja, sin preocuparse demasiado y protegiendo a Chela, lleva las finanzas del hogar y cuida de ella, concretando una venta aquí y otra allá. Cuando Chiquita va a la cárcel, Chela queda sola y perdida, es que nunca tuvo que manejarse sin Chiquita. Hasta que un día Pituca, su vecina, le pregunta si puede llevarle algún lado. Al cabo de un rato, Chela se convierte en chofer regular del séquito de Pituca, y es así como conoce a Angy, la hija de una de las señoras, quien avasalla a Chela con su sensualidad.
Las Herederas es una obra extraordinaria, y la mirada sensible de Marcelo Martinessi se siente desde los primeros murmullos que escuchamos aún con la pantalla negra. Relatada con una sutileza y elegancia visual incomparable, la utilización del fuera de campo se convierte en un recurso narrativo poético y estético que indaga con mayor profundidad la complejidad de las relaciones de los personajes, como una lupa visual que dirige nuestra mirada hacia lo que vemos e incluso, hacia lo que no estamos viendo. ¿Por qué me mirás así?, le pregunta Chela a Chiquita. Sin embargo, no vemos la cara de Chiquita. De la misma manera, el trabajo sonoro enfatiza con ímpetu pequeños detalles como diciéndonos escuchá, escuchá como los pasos retumban en esta casa vacía. Y así proyectamos, imaginamos y construimos la historia.
La intimidad del relato está remarcada por el uso constante de planos cerrados, donde cada mirada adquiere una potencia que traspasa la imagen y queda impregnada en nosotros. El rostro de Chela es el reflejo al universo de emociones por los que ella va pasando; el miedo, la desesperación, el deseo, la vergüenza, el pudor, todo destella de la pantalla con los más mínimos gestos de la brillante actuación de Ana Brun. El simple movimiento de sus ojos es capaz de hacernos quebrar con ella, hasta cuando está de espaldas en la cama o con lentes de sol en el auto. El viento, pensado como un elemento catártico, es una demostración más de la genialidad del director.
Alabo de pie las excelente actuaciones del reparto principal, Ana Brun, Margarita Irún y Ana Ivanova, cuyos personajes adquieren vida gracias a ellas, y hago además una especial mención a Pituca, quien con una singular mordacidad en sus diálogos entrega momentos cómicos al relato.
Mucho se ha hablado. Es que Las Herederas es un cine que vive más allá de la pantalla, y cuya fuerza intimida a quienes temen lo desconocido. Es una historia de amor, sí, pero es tan compleja que deja de ser solo sobre la relación entre dos mujeres mayores, sino ahonda en la intimidad, la soledad, el descubrimiento, la nostalgia y el desprendimiento. Es además, una introspección sobre el silencio y sus vacíos, las cosas que no decimos y las que ni siquiera comprendemos. Invito a que se despojen de sus prejuicios y vayan al cine, porque Las Herederas es una película que se siente, y que, como el viento, atraviesa el cuerpo.

Una escena: La escena de masturbación de Chela.
Una recomendación: Las Herederas

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